Los deshechos de la sociedad son la especie más común que
representa nuestra sociedad. Por supuesto, se manifiestan en todo tipo de
esferas sociales, desde los más altos cargos de la política hasta un simple
parado de larga duración que espera que un trabajo digno le caiga del cielo.
Esta clase de engendros con los que coexistimos se dedican
como principal hobby a imponer sus opiniones de una manera un tanto maleducada
y, cómo no, criticando e intentando ridiculizar las opiniones de los demás.
Por supuesto, como persona con unas opiniones un poco
peculiares que contradicen los
estándares de nuestro mundo, me temo que en más de una ocasión, he sido
criticada sin ningún motivo especial por este común tipo de criatura.
Dedicarse a decir tonterías sin fundamento no forma más que
una parte de su clásico y aburrido día a día al que necesitan dar sentido
intentando molestar a otros. Sería todo muy bonito si solo se dedicaran a esto.
Sin embargo, la plaga alcanza tal magnitud que resulta incontrolable.
Por un lado, tenemos una peste de fanáticos locos por un
ídolo (famoso al que no se puede criticar porque es perfecto), por una idea equivocada (como la reciente
epidemia de pensamientos medievales) o
por un escepticismo crónico (el ejemplar más peligroso).
Estoy más que segura que cientos de veces nos hemos
encontrado con infortunios como estos en nuestro día a día y, los que de verdad
pensamos, nos hemos sentido ultrajados ante tal exhibición de “opiniones libres
y fundamentadas”. Por supuesto, no podemos eliminarlos. Después de todo,
gracias a esta variedad en concreto,
cientos de personas están felices de su precioso privilegio de poder hacer un
show público el maltrato de un intelectual como si de un coliseo romano se
tratase.
Obviamente, al publicar esto, dudo de su aceptación; sin embargo,
no necesito aplauso alguno del ganado colectivo.
Después de todo, no soy parte de la manada ni tampoco tengo
ganadero y, por supuesto, tampoco me aterra especialmente dar mi nombre sin
esconderme bajo apodos.